“ Y en verdad, no es un mandamiento para hoy y para mañana el de aprender a amarse a sí mismo. Antes bien, de todas las artes es ésta la más delicada, la más sagaz, la última y la más paciente…”
I
Actualmente ha habido un despliegue de exhortaciones por parte de la psicología que insisten en la necesidad de amarse a sí mismo. Estos discursos de la autoestima que van volviéndose fastidiosos, tienen sin embargo un substrato teórico que va más allá de la autoayuda salvífica, tan necesaria a finales de siglo. Antes de que especializaciones como la psicología, la dietética, la medicina… vinieran a tomar a su cargo el cuidado del hombre, ya la filosofía había incluido en sus temas los imperativos a partir de los cuales los individuos deben establecer una relación consigo mismos. La filosofía es la que desde siempre, a partir del imperativo socrático “ocúpate de ti mismo” ha insistido en un interés que liga el amor propio al conocimiento de sí mismo. De este modo las relaciones entre ética y filosofía son estrechas y fundamentales.
En la antigua Grecia el imperativo socrático era asumido por los filósofos y por los ciudadanos sin la intervención de instituciones y fue en aquella época en la que el cuidado de sí alcanzo una importancia decisiva para la consolidación de las ciudades y la vida en sociedad. Paradójicamente al amor a sí mismo se le vio más adelante como una práctica que ponía en riesgo las relaciones con los otros, parecía incompatible un excesivo cuidado de sí y una vida en comunidad, ya que si los intereses propios primaban sobre los intereses de los otros sobrevendría el mayor caos posible. El cristianismo juega un papel fundamental aunque no es la única causa del olvido en que se ha sumido al cuidado de sí. Sin embargo el cristianismo ha fundado un modo de constitución de la identidad que implica una renuncia de sí mismo como condición de la salvación. De este modo una moralidad basada en el cuidado de sí, por ser riesgosa, dio paso a las morales que privilegiaban a los otros y el tema de los deberes para consigo mismo pasó a ser un simple apéndice de la moralidad. Los riesgos fundamentales que trata de evitarse mediante un olvido del propio sujeto son el egoísmo y la ambición de dominio. Nietzsche en el trabajo de instaurar nuevos valores y romper las viejas tablas, da a estos dos presuntos males el estatuto de virtudes. Ninguna maldad habría pues en un egoísmo que convierta al propio sujeto en espejo de los demás hombres, en un egoísmo que se regocije en su propio valor. Por el contrario, una entrega desinteresada al prójimo, que da cuenta de un afán de olvidarse de sí mismo, antes que de un gran amor a los hombres, aparece como lo más despreciable: rebajarse ante los otros, rendir la fortaleza, el propio amor, y establecer relaciones de servidumbre con los otros, eso es para Nietzsche, lo más despreciable. También la ambición de dominio, ese gran riesgo del amor a sí mismo aparece por el contrario como una bondad que se prodiga a los hombres. El que los poderosos desciendan de su altura para ejercer el dominio sobre los otros, da cuenta más bien de un rebajamiento que se hace por amor y no por abuso o explotación que de un abuso de la fuerza.
“Ambición de dominio: ¡más quién llamaría ambición a que lo alto se rebaje a desear el poder! ¡En verdad, nada malsano ni ambicioso hay en tales deseos y descensos!”
Ya kant insiste en la necesidad de volver a dar importancia al propio sujeto así como funda la posibilidad de una vida en sociedad en la observancia de los deberes para consigo mismo. Se busca que sea a partir del ejercicio sobre sí mismo que se elabore un modo de acceso al propio ser. Cuidar de sí mismo no significa privilegiar los propios intereses y arrasar con todo obstáculo, cuidar de sí mismo no es, como podría pensarse, una tarea fácil o de simple satisfacción irresponsable de impulsos. El cuidado de sí mismo es por el contrario, la tarea mas ardua, ya que amarse a sí mismo implica la observancia de una serie de normas y prescripciones que hacen imposible el antiguo temor por las consecuencias que un egoísmo exacerbado podrían conllevar a la vida en comunidad ya que quien se ama y se conoce se alegra a sí mismo y se olvida de andar haciendo males a los otros. Paradójicamente quien se conoce a sí mismo no podría abusar de los demás, conocerse a sí mismo es también conocer las propias limitaciones y los propios abismos, pero a su vez implica conocer las normas de conducta, los principios y las verdades que se aprenden de la cultura en la que se está inserto y que hacen posible la regulación de las relaciones con los otros. Para ocuparse de los otros es necesario ser capaz de cuidarse a sí mismo, para gobernar a otros es necesario gobernarse a sí mismo, no ser presa de las pasiones, de los impulsos. Nada más difícil que mandar, y aún más difícil que esto, mandarse a sí mismo. Quién emprende la ardua labor de amarse a sí mismo , de conocerse a sí mismo y pretender de este modo acceder a un cierto modo de ser, adquiere también conciencia de su propia muerte y aprende a no temerla y a lograr prescindir de redenciones más allá de la tierra, logra estar a gusto consigo mismo, para lo cual se requieren muchas guerras, y a no lanzarse al amor de los otros para no ver a los fantasmas de frente. El lanzarse a los otros aparece de este modo como una huida de sí mismo disfrazada de amor desinteresado. Más ¿dónde podría haber mayor interés que en la cercanía con la que se pretende ahuyentar a los propios fantasmas? El amor a sí mismo no ha sido ejercido, ha habido modos eficaces de disuadir de tales intentos, se ha elogiado la modestia, se ha condenado el narcisismo, el egoísmo… Pero podría pensarse que más allá de las prescripciones cristianas para el acceso a la bienaventuranza eterna, que mas allá de los temores por los estados de dominación, no se ha dado la suficiente importancia a los deberes para consigo mismo porque amarse a sí mismo es lo mas difícil de todo. Es más fácil amar a los demás que a sí mismo, es más fácil rodearse de personas, vivir la vida de otros, que vivir la propia vida. ¿Qué hay de grandioso o de noble en un huir de sí mismo por facilidad? Ha habido desde siempre cosas que los hombres han tenido en mayor valía que la vida misma, y cosas que se han amado más que a sí mismo, pero esto no es gratuito. Occidente particularmente, lo dice Foucault se ha preocupado mucho más por la verdad que por los hombres, y a su vez los hombres se han preocupado más de la verdad que de sí mismos. Lo que pone de relieve Foucault es que la preocupación por la verdad, contrario a ser excluyente de la preocupación por el sujeto, es condición de esta ultima: quien se ocupa de sí debe hacer acopio de verdades y crear las propias, de modo que los juegos de verdad y el cuidado de sí son íntimamente cercanos e incluso se implican mutuamente. En los juegos de verdad se instauran relaciones de poder, no de dominación, y estas relaciones de poder vienen dadas por el mismo marco teórico que implica una ciencia o los intereses, que en un cuidado de sí ponen en marcha las estrategias de cada individuo por la construcción o el mantenimiento de una cierta verdad. De este modo se emparientan el cuidado de sí, los juegos de verdad, y las relaciones de poder que sólo son posibles entre individuos que cuidan de si mismos y que por lo tanto son individuos libres. Los juegos de verdad no son siempre relaciones de poder.
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